Cumplir 70 años o más no significa perder autonomía, criterio ni valor social. Sin embargo, muchas personas mayores comienzan a enfrentar situaciones cotidianas que, aunque a veces se presentan como gestos de “cuidado”, en realidad esconden falta de respeto, prejuicios y una mirada reduccionista sobre la edad. Esta etapa de la vida debería estar marcada por la experiencia, la libertad y la dignidad, no por la imposición de límites innecesarios ni por actitudes que minimizan a quien ha recorrido un largo camino.
Una de las prácticas más frecuentes es la infantilización. Ocurre cuando se le habla a una persona mayor como si fuera un niño, usando tonos condescendientes, diminutivos excesivos o explicaciones innecesarias. Frases como “dejá que yo lo haga por vos” o “vos ya no entendéis estas cosas” pueden parecer inofensivas, pero transmiten un mensaje claro: que la persona ya no es capaz. Esta forma de trato no solo resulta ofensiva, sino que puede afectar la autoestima y reforzar una imagen negativa del envejecimiento.

Otra situación común es que otros decidan por vos, sin consultar. Desde cuestiones simples, como qué ropa usar o qué comer, hasta decisiones importantes relacionadas con el dinero, la salud o la vivienda. A partir de cierta edad, algunas personas asumen que el adulto mayor ya no puede elegir por sí mismo, cuando en realidad la capacidad de decisión no desaparece con los años. Salvo que exista una condición médica específica, cada persona conserva su derecho a opinar y decidir sobre su propia vida.
Mira Esto:Por qué no deberías cargar tu teléfono al 100% (y qué hacer en su lugar para alargar la vida de la batería)También es habitual que se minimicen las emociones. Tristeza, enojo o frustración suelen ser desestimados con frases como “es la edad” o “ya estás grande para eso”. Este tipo de respuestas invalida sentimientos legítimos y refuerza la idea de que, después de cierta edad, ya no está permitido sentir intensamente. La realidad es que las emociones no caducan, y el respeto emocional es tan importante a los 70 como a los 30.
El edadismo, es decir, la discriminación por edad, se manifiesta de muchas formas sutiles. Bromas sobre la lentitud, comentarios sobre la memoria o suposiciones automáticas de fragilidad son ejemplos claros. No todas las personas mayores son iguales, ni envejecen del mismo modo. Generalizar es una forma de invisibilizar la individualidad y reducir a alguien solo a su número de años.
Otro límite importante es no permitir que te vuelvan invisible. En reuniones familiares o sociales, es común que se hable “sobre” la persona mayor, pero no “con” ella. Se la ignora en conversaciones, se la deja al margen de decisiones o se asume que no tiene nada nuevo para aportar. Sin embargo, la experiencia acumulada es una de las mayores riquezas de esta etapa, y merece ser escuchada.
Mira Esto:Esto es lo que tu forma habitual de llevar el bolso revela sobre tu personalidadLa sobreprotección también puede ser un problema. Ayudar no es lo mismo que anular. Quitar responsabilidades, prohibir actividades sin motivo o limitar salidas “por las dudas” puede generar dependencia innecesaria. Mantener la autonomía, dentro de las posibilidades reales, es clave para la salud mental y emocional en la vejez.
Pasados los 70 años, es fundamental marcar límites claros. Decir “no”, expresar incomodidad y reclamar respeto no es ser conflictivo, es ejercer un derecho. La edad no resta valor, lo suma. Cada año vivido aporta perspectiva, aprendizaje y fortaleza.
En una sociedad que muchas veces glorifica la juventud, recordar esto es un acto de resistencia. Envejecer no es retroceder, es avanzar con más historia. Y nadie, absolutamente nadie, debería hacerte sentir menos por eso.
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